Mario Vargas Llosa, el poder como tentación
En 1984 Mario Vargas Llosa concedió una entrevista al semanario italiano Panorama en la que acusaba a los intelectuales sudamericanos de ser un factor de subdesarrollo en sus países. Inmediatamente después, el uruguayo Mario Benedetti reaccionaba airado en El País (9 de abril de 1984) y a continuación Vargas Llosa reafirmaba su postura en una carta abierta titulada Entre tocayos: “En América Latina un escritor no es sólo un escritor… se espera de nosotros, es más, se nos exige, pronunciarnos continuamente sobre lo que ocurre… Se trata de una tremenda responsabilidad… Quienes no la rehúyen tienen la obligación, en ese campo político donde lo que dicen y escriben reverbera en la manera de actuar y pensar de los demás, de ser tan honestos, rigurosos y cuidadosos como a la hora de soñar”1. La polémica entre los dos escritores sirvió para conocer mejor la opinión que tenía y mantiene todavía hoy Vargas Llosa sobre la tarea del intelectual. El escritor peruano lamentaba que personas como Octavio Paz, Jorge Edwards o más recientemente Enrique Krauze, capaces de defender las ideas propias y de someterlas a crítica y revisión constantes, fueran excepciones en el panorama intelectual sudamericano. La mayoría, sostenía Vargas, no reelaboran personalmente las ideas, no las cotejan con la realidad de los hechos, sino que las asumen como convicciones propias y ceden así frente a la maquinaria denigratoria y el temor de ser satanizados si ejercitan la crítica contra la izquierda. Vargas Llosa no exageraba. En 1950, mientras vivía en París, Octavio Paz publicó en la revista argentina Sur un artículo que probaba la existencia de un vasto sistema represivo en la URSS. El propio Paz explica que “la reacción de los intelectuales progresistas fue el silencio. Nadie comentó mi estudio pero se recrudeció la campaña de insinuaciones y alusiones torcidas comenzada unos años antes por Neruda y sus amigos mexicanos”2. La misma burla y soledad a la que se sometió a André Gide después de publicar Regreso de la URSS en 1936. Antonio Muñoz Molina ha descrito en El País (13 de marzo de 2010) esta tradición difamatoria de cierta izquierda como “la costumbre de la infamia”...